—¿Creeis, pues, dijo Miguel Lopez notando el terror de don Diego, que esa carta no basta para perderos, para entregaros al verdugo?

—En efecto, dijo don Diego recobrando su calma: os habeis armado bien para entrar en batalla conmigo.

—Aun os queda un medio, dijo con su inalterable insolencia Miguel Lopez.

—¿Quereis decirme cuál?

—Ganar tiempo ofreciéndome que vuestra hermana será mi mujer, y huir despues con ella y con vuestra familia á las Alpujarras. Asi perderiais una cosa: vuestra hacienda, que el rey os confiscaria, pero ganariais tres á saber: primero que vuestra hermana no se casase conmigo, despues la vida, y en fin la honra.

—¡La honra! exclamó don Diego no pudiendo contenerse ya y levantándose con ímpetu; habeis dicho la honra.

—Sí, la honra he dicho, porque si no casais conmigo á vuestra hermana, ella se irá con otro.

—¡Hablad! ¡hablad! ¡explicadme eso... que no comprendo!...

—¡Ya se ve...! ¡son tan calladas las dueñas y las doncellas de vuestra hermana! ¡tan descuidado vuestro hermano don Fernando que no han podido apercibirse de lo que yo me he apercibido!

—¿Y de qué os habeis apercibido vos?