—Os pido veinte y cuatro horas para contestaros, dijo á Miguel Lopez.
—Tomaos si quereis cuarenta y ocho ó ciento. No me corre gran prisa.
—Quiero ademas ver algo de lo que vos habeis visto.
—¡Ah! ¿quereis ver si vuestra hermana ama al señor Juan de Andrade? En buen hora. Id mañana al amanecer á mi casa. Entre tanto, que os guarde Dios: os dejo en libertad para que mediteis.
Y salió.
Por mas que meditó don Diego no encontró medio para salir del atolladero en que le habia metido la traicion de Miguel Lopez. Por mas vueltas que le dió, solo encontró una solucion: la de casar á su hermana con aquel bandolero, y estar en acecho de una venganza terrible.
Al dia siguiente al amanecer, don Diego acompañado de Miguel, vió desde una de las celosías de una casa situada á espaldas de la de su hermana, á Yaye y á Isabel que hablaban indudablemente de amor, cada cual en sus respectivas galerías.
Esto tenia lugar algunos dias antes de la noche en que se vieron en el jardin Yaye é Isabel.
Don Diego apremiado por Miguel, le concedió sin condiciones, y con un cuantioso dote la mano de su hermana.
Don Diego vendia cobardemente á la pobre Isabel.