—Ayala, le dijo en voz baja, id al momento á la colegiata del Salvador, llamad aparte al licenciado Periañez, y decidle que dé la bendicion á los novios en el momento; que para que no se extrañe mi falta invente cualquier pretexto... que no se me espere, en fin. Id, id al momento.
El servidor que tenia visos de ser uno de esos hidalgos pobres que no tenian á deshonra servir á los grandes señores en aquellos tiempos, partió.
—Y vos doña Elvira, añadió don Diego, volviéndose á la dama que hasta entonces habia presenciado con una viva curiosidad aquella escena, volveos á vuestros aposentos. Vosotros idos, añadió dirigiéndose á la servidumbre y vos caballero seguidme.
—¿Y no seria mejor que nosotros mismos fuésemos? dijo Yaye sin moverse de su sitio.
—No, no, seria imprudente: vuestra presencia en la iglesia podria producir un escándalo, y luego... mi mensaje se obedecerá.
—Ved don Diego que vuestra hermana es mi vida.
—Si Dios quiere, tendreis vuestra vida... si por desgracia, si por casualidad fuera imposible... quejaos á vos mismo, primo. Ahora venid.
Yaye cedió, y siguió á don Diego: en su preocupacion no reparó que el berberisco Kaib, habia seguido á Ayala en el momento que este habia salido de la casa para cumplir el encargo de su señor.
CAPITULO VII.
En que se relatan extraños é importantes sucesos.
Doña Elvira saludó ceremoniosamente á su esposo cuando este la mandó que volviese á sus aposentos, arrojó una última mirada á Yaye, y acompañada de dos doncellas, subió unas descomunales escaleras, atravesó un ancho corredor, abrió una mampara de marroquí rojo, atravesó una rica antecámara, entró en una magnífica cámara y sentándose en un sillon, dijo á sus doncellas: