—¡Oh! ¡un escándalo!
—¡Corred! ¡corred vos mismo! ¡yo os espero!
—¡Ira de Dios! exclamó don Diego tomando al fin una resolucion desesperada: por nada me obligareis á dar un paso que pondria mi nombre en boca de todo el mundo.
—¡Ah! ¡me habeis engañado! ¡me habeis entretenido, para que entre tanto!... pero... no os salvareis... yo... mis monfíes... talaremos vuestros Estados de las Alpujarras... si escapais de mis manos... os entregaré al rey de España con cartas semejantes á las que os han obligado á vender á vuestra hermana á ese Miguel Lopez...
Don Diego exhaló un grito: se encontraba enteramente perdido.
—Una palabra señor, exclamó arrojándose á los piés de Yaye: tened compasion de mí y protejedme: yo os seguiré; seré uno de vuestros mas fieles vasallos...
—¡Tu hermana!
—¡Oh! exclamó don Diego, esperad: voy yo mismo: puede que aun sea tiempo...
Y se dirigió á la puerta de la estancia.
En aquel momento apareció en la puerta un paje que dijo: