Yaye abrió los ojos, pero en sus ojos estaba pintada la expresion de la locura.
Empezó á delirar: su sangre se habia agolpado á su cabeza y habia trastornado sus facultades.
Afortunadamente habia perdido la memoria de la causa de su accidente, y no pretendia levantarse del sillon.
Su locura era una locura tranquila.
Se reia pero su risa era horrible.
De una manera horrible sufria tambien doña Elvira.
Ella hubiera dado su vida por verse amada de aquel modo: unos zelos mortales la devoraban: al mismo tiempo sentia una ansiedad horrible: temia por la vida de Yaye: su delirio era cada vez mas intenso, don Diego no volvia y doña Elvira no se atrevia á llamar á nadie.
Al fin, resonaron pasos: se abrió una puerta: era don Diego.
—¿Vive? dijo con afan.
—Si, contestó doña Elvira, valiéndose del dominio que tenia sobre sí misma para no demostrar mas conmocion que la natural en aquellas circunstancias: vive, pero creo que está en peligro de muerte.