—¡Ah! ¿estais ya ahí? dijo el ventero.

—Si, si, pardiez, Reduan, dijo una voz áspera: y no alcanzamos por qué razon nos has hecho esperar en la cueva, cuando hubiéramos estado mucho mejor en la venta.

—Cada cual sabe lo que se hace, contestó el llamado Reduan. ¿Cuántos sois?

—Seis, que creo que bastamos para cualquier empeño de honra. ¿De qué se trata?

—De ganar cien doblones, dijo Reduan, á quien habian rodeado seis sombras que debian ser la de seis membrudos cuerpos de monfíes.

—¿Y qué hay que hacer para ganar esos cien doblones? dijo uno de ellos.

—¡Poca cosa! matar un hombre.

—¡Ah! ¡pues si no es mas que eso...! ¿y donde está ese hombre?

—En mi casa.

—¡Ah! ¿es acaso el hombre que acompañaba hoy por el camino á don Diego y á don Fernando de Válor?