—¿Y podemos fiarnos de ese embeleco?
—Como que está fabricado en Bruselas, y es mas seguro que la máquina de la torre de Santa María de la Alhambra.
—En efecto, muy grave debe de ser el asunto que nos hace madrugar tanto, dijo Miguel Lopez atacándose los gregüescos.
—Como que tenemos encima al emir.
—¡El emir!
—Sí, el emir con seis mil monfíes, que adelanta hácia Granada, á la que piensa llegar antes del amanecer.
—¡Diablo! ¡diablo! ¿es decir que hoy mismo tendremos batalla?
—Es mas que seguro; por lo mismo importa que nos preparemos cuanto antes: en Cádiar hay un capitan del rey con algunos soldados y un alcalde con treinta cuadrilleros: es necesario sorprender á esa gente para que no puedan dar aviso á Granada y prevenir á nuestros enemigos. Asi, pues, acabaos de ajustar las agujetas del jubon y á caballo.
—¿Os ha enviado algun correo el emir? dijo Miguel Lopez acabándose de apretar las hevillas de las espuelas.
—Sí, sí por cierto; me ha enviado uno de sus walíes.