¡Y aquella mujer le arrojaba una prenda que representaba un lazo de amor!
Yaye, sin embargo, como hemos visto, habia saludado triste y lánguidamente á la doncella.
¿En qué consistia esta dulce expresion tratándose de un enemigo?
Es que aquel enemigo era una mujer y una mujer enamorada, y Yaye creia sentir hácia ella un impulso de caridad.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Entre otras prevenciones, habia hecho Abd-el-Gewar al jóven la de que aquella noche á las doce estuviese dispuesto á montar á caballo y partir con él á las Alpujarras.
Yaye habia preparado sus ropas moriscas, su jaco damasquino, su yatagan, su lanza de dos hierros y sus pistoletes: habia bajado al jardin, y al extremo de él habia entrado en las caballerizas.
Como buen ginete habia observado cuidadosamente el estado de los caballos, y habia revistado las monturas.
Al salir reparó que, en una galería, sobre otro jardin que solo estaba separado del suyo por una tapia, como solo lo estaba aquella galería de la de sus habitaciones por un tabique, apoyada en su labrada balaustrada de alerce, habia una mujer.
Aquella mujer era Isabel de Válor.