Calpuc se descubrió, se arrodilló delante de la estampa de la Vírgen y rezó: luego se levantó, encendió otra luz, salió de la estancia, se encaminó á un establo, donde habia un caballo fuerte y de poca alzada; le embridó, le ensilló, le sacó fuera, cerró la puerta de la casita, montó y se puso en camino.
A punto que amanecia y se abria la puerta del Rastro de Granada, llegó á ella Calpuc, dió cortésmente los buenos dias á los guardas y entró en la ciudad.
Poco despues llamaba á una pequeña puerta bajo los soportales de la plaza de Bib-Arrambla, cercana á la puerta que hoy se llama de las Orejas.
Abrióse la puerta á que habia llamado el mejicano y apareció un viejo encorvado y de semblante receloso.
—Dios os dé muy buenos dias, hermano Franz, dijo Calpuc.
—Dios os guarde señor Gaspar de Ontiveros, contestó el saludado con marcado acento extranjero.
Por lo visto, Calpuc, para encubrir su orígen, habia adoptado entre los europeos el nombre con que le habia saludado el viejo, que, á todas luces, por su nombre y por sus rasgos característicos, era aleman.
—Necesito hablaros, dijo Calpuc, y aun mas, que me deis posada por algunas horas.
El aleman abrió de par en par la puerta, y dejó paso á Calpuc que tiró de su caballo y penetró.
Entonces el aleman cerró la puerta y llamó, presentándose á poco una criada.