—Si, aquí, entre el mas profundo misterio, en las entrañas de la tierra; cuando nadie mas que yo está á vuestro lado, cuando á nadie veis mas que á mi. Vos no me amais, Yaye... vos al decirme amores habeis mentido... si, habeis mentido... vos no amais mas que á vuestra ambicion... y despues de vuestra ambicion á mi cuñada doña Isabel, á pesar de que mi cuñada se casó con otro sabiendo que vos la amábais.
Yaye hizo un movimiento como para contestar, pero guardó silencio.
—Si, ella sabia que vos la amábais, y os pospuso á un hombre feroz, brutal, casi á un bandido... en cambio yo... yo os amo desde que os vi: cuando por una sucesion de circunstancias extrañas os tuve en mi poder, cuando yo sola podia veros, yo sola podia hablaros, mi alma se abrió á la esperanza y á la felicidad... despues vos habeis sabido engañarme, enloquecerme... me habeis hecho la mas feliz de las mujeres... ¡oh! ¡si! porque no hay en el mundo una felicidad semejante á la que vos me habeis hecho probar... ¡pero despues...!
El jóven se acercó á doña Elvira y la asió una mano.
—Escuchad, señora, la dijo: mi corazon os pertenece... es verdad que yo amaba á vuestra cuñada, ó que creia amarla...
—¡Que creiais amarla! exclamó con ansiedad doña Elvira.
—Si, que crei amarla, porque mi afecto hácia ella mas que amor era empeño, un empeño como yo los concibo: tenaces, terribles, voluntariosos... la noticia de su casamiento causó en mí un efecto inesplicable... porque mi empeño se desvanecia, caia vencido ante el empeño de una mujer... no recuerdo lo que me aconteció... solo recuerdo que desperté un dia de un profundo letargo, calenturiento, dolorido, cansado en el cuerpo y en el alma... miré en torno mio y os vi anhelante, con las manos cruzadas, mirándome de una manera tal, que aun no he podido olvidar aquella mirada, hermosa y dulce como la de un ángel... yo no os conocia... vos tampoco me dijísteis quien érais... yo no os lo habia preguntado, porque no tenia voluntad mas que para miraros, ni corazon mas que para sentir vuestra hermosura y vuestra misericordia: pasábais junto á mi largas horas reclinada sobre mi lecho, mis manos en vuestras manos, mi mirada en vuestra mirada, confundiéndose nuestros alientos: llegó un punto en que... nos confundimos en uno; nos unimos, fuimos un solo ser que sentia una misma felicidad, que se embriagaba en sí mismo: yo os crei mi ángel, mi espíritu estaba aun perturbado... nada recordaba... habia vuelto á la vida... á una vida vigorosa, á una vida nueva... para mí este aposento, donde jamás entra la luz del dia, era un eden y era un eden por vos. Vos lo sabeis, señora: no podeis dudarlo: yo enloquecia bajo vuestras miradas, yo desfallecia de amor con vuestras caricias... ¿ha podido jamás un hombre pertenecer de una manera mas completa á una mujer?
—¡Ha sido un sueño! ¡un hermoso sueño! dijo doña Elvira, cuyos ojos se arrasaron de lágrimas, ¡un sueño que no se ha desvanecido sino haciéndome pedazos el corazon!
—¿Por qué me despertásteis? ¿por qué avivásteis mi memoria que la enfermedad habia entorpecido? ¿Por qué me dijísteis: tú eres Yaye-ebn-Al-Hhamar, emir de los monfíes de las Alpujarras?
—¡Ah! ¡la ambicion ha matado en vos al amor!