Yaye escuchó en silencio: el que se habia detenido junto á la puerta nada dijo durante algunos segundos.

Al fin se escucharon estas palabras pronunciadas por una voz contenida:

—¿Estais solo, señor?

—¿Qué es eso? ¿Quién me llama señor? dijo Yaye acercandose al ventanillo de la puerta.

—Soy yo, señor; vuestro fiel escudero; el walí Harum-el-Geniz.

—¡Oh! ¡me he salvado! exclamó Yaye; mira si puedes descorrer los cerrojos, mi buen Harum.

—¡Oh! ¡sí, poderoso señor! he aquí la puerta de par en par.

En efecto, la puerta se abrió.

—¿Quién te ha traido aquí Harum? ¿por dónde has entrado? le preguntó Yaye.

—Me ha traido un mandato de vuestro noble padre; en cuanto al lugar por donde he entrado, venid señor y lo vereis.