Era una cámara tan sombría y extensa como la primera por donde habian pasado Yaye y Harum.

Una lámpara puesta sobre una mesa de mármol, bajo un gigantesco espejo de acero, iluminaba debilmente aquel gran espacio, alcanzando apenas á dejar ver de una manera informe las figuras gigantescas de la tapicería. Una chimenea de mármol, enorme, sostenida por cariátides y con ornamentacion del gusto del renacimiento, se veia al fondo limpia y desprovista de fuego en razon á la estacion, lo que daba á la cámara algo de frio y de extraño: á un lado habia un lecho enorme, semejante al que hemos descrito anteriormente; pero aquel lecho no estaba abandonado; por el contrario, en él estaba una enferma.

Arrojada sobre el lecho, asiendo las manos de la enferma, y llorando y besándola alternativamente, habia una jóven vestida de blanco de extraordinaria esbeltez.

Al frente de este lecho y cabalmente enfilando la cabecera, estaba la pequeña puerta tras la cual escuchaba Yaye.

Ultimamente habia una gran puerta de entrada y otros dos balcones; pero quien se hubiese acercado á ellos hubiera notado que estaban aseguradas sus maderas con barras de hierro fuertemente clavadas en los marcos, lo que demostraba que aquellos balcones no se abrian.

Por lo tanto las moradoras de aquella habitacion estaban condenadas á alumbrarse continuamente con luz artificial.

Todo en aquella cámara tenia los visos de una prision, y de una prision donde se guardaban dolores agudos.

La enferma era efectivamente una moribunda; pero á pesar del estado de demacracion en que la habia constituido la tisis, esa terrible enfermedad que no abandona la presa hasta que la deseca para la tumba, notábase que aquella dama, porque dama era, no habia llegado aun á la vejez: apenas contaria cuarenta años, á pesar de lo cual estaba tan gastada, tan abatida como una anciana de ochenta; las formas de esta mujer, aunque excesivamente descarnadas, constituian por su estructura una gran hermosura, pero una hermosura pasada, empalidecida por los sufrimientos y por la enfermedad: la blancura de este semblante era extremada, como extremado era el negro color de sus ojos, de sus cejas y de sus cabellos.

Una tos seca, penosa, terrible, tos que agotaba las fuerzas y el sufrimiento de la enferma, se dejaba escuchar sin interrupcion; sus ojos tenian un brillo fosforente, el brillo de la fiebre, y estaban notablemente hundidos; la jóven lloraba de una manera silenciosa, desesperada, y de tiempo en tiempo se levantaba, iba á un velador, tomaba una taza de plata y daba de beber á la enferma.

Llegó un punto en que la enferma tuvo un acceso horrible de tos, á la que sobrevino un vómito de sangre: la jóven lanzó un grito de terror y se avanzó á la puerta, que golpeó de una manera desesperada pidiendo á gritos socorro.