Yaye procuró lanzar de sí aquella pesadilla, poniéndose en contacto con la vida real.
Y separándose de Estrella y del lecho, se dirigió á los monfíes.
—Seguidme, les dijo, y desapareció con ellos por la gran puerta de entrada.
—¡Oh! ¿qué habeis hecho? ¿qué habeis hecho, madre mia, exclamó Estrella?
—Obedecer á una inspiracion de Dios, contestó la moribunda: ese jóven será tu esposo, Estrella... ese jóven será el padre de tus hijos... debes consagrarte á él, hija mia...
—Pero si él me desdeñara...
—¿No crees que Dios baje á iluminar los ojos de los moribundos que han sido mártires? dijo la enferma.
—¡Oh madre mia! ¡si os engañárais!... ¡si os engañárais, yo seria muy desgraciada, porque!...
—¿Por qué?
—Porque le amo desde el dia en que le ví en el meson de las Alpujarras.