En aquella cámara, pensativo y triste, se paseaba un anciano, sencilla aunque magestuosamente vestido.
Cualquiera al verle con su blanca toca revuelta á la cabeza, su caftan negro y su ancho y flotante albornoz blanco, le hubiera tomado por un patriarca de los antiguos tiempos.
Alvaro de Sedeño adelantó cojeando, y dijo á cierta distancia del anciano:
—Que Dios el Altísimo y Unico, te guarde, poderoso Yuzuf.
El anciano se detuvo, y miró de una manera profunda y severa á Sedeño.
—¿Qué quieres? le dijo.
—Vengo á verte, poderoso Yuzuf, impelido por muchas razones.
—Siéntate, le dijo el anciano, señalándole un divan.
Sedeño se sentó: Yuzuf se sentó junto á él.
—¿Hay en los aposentos cercanos alguien que pueda oirnos? dijo el capitan.