El acento de Calpuc era el de un cristiano lleno de fe, lo que aumentó mi admiracion: prosternéme ante el altar, prosternáronse mis soldados, y únicamente el rey y sus magnates quedaron de pié, aunque en una actitud respetuosa, á un lado del templo.
Inmediatamente se celebró una misa; despues de ella el mas anciano de los sacerdotes, me dirigió una corta plática en que enaltecia el valor y la fe que me habian llevado á aquellas remotas regiones, para extender en ellas el conocimiento de la divina verdad, y arrancar del error á aquellos infelices idólatras.
Despues de esto, mi compañia se aposentó en las habitaciones que estaban alrededor del templo, desde las cuales dominaban á la poblacion, y Calpuc me llevó consigo á su casa, á cuya puerta despidió á sus magnates y en la que penetró solo conmigo.
Aquella casa, que podia llamarse palacio, era de piedra, de un solo piso, y en el interior estaba revestida de maderas olorosas y ricas telas tejidas de plumas, oro y plata. Los pavimentos y los techos eran de cedro, y todo allí, con arreglo á las costumbres de los indios, era régio y maravilloso.
Calpuc me condujo por sí mismo, á través de muchos patios y habitaciones, y al fin, en lo mas retirado de su palacio, se detuvo delante de una ensambladura, donde ni aun resquicio de puerta se notaba.
—Vais á entrar, me dijo, con acento grave y lleno de autoridad, donde solo han entrado hasta ahora, mi esposa, mi hija y esos tres sacerdotes cristianos que acaban de presentaros el santo sacrificio de la misa. Todo esto os parecerá extraño y maravilloso, y con efecto lo es. Por lo mismo espero que vos, obrando con la fe y el sigilo que cuando es necesario debe obrar un caballero, guardareis un profundo secreto acerca de cuanto vais á ver y á oir.
Prometíselo, y entonces Calpuc oprimió un resorte oculto y nos encontramos en una habitacion alhajada enteramente al estilo de España: atravesamos algunas otras iguales, y al fin, Calpuc abrió una puerta, y me introdujo en una capilla ú oratorio á cuyo frente habia un altar y otro á cada costado.
En el del centro no habia imágen alguna, en el de la derecha se veia una imágen de talla de la Vírgen de los Dolores, y en el de la izquierda otra de San Juan Evangelista; á los piés del altar de la Vírgen habia arrodilladas dos mujeres, que se levantaron sobresaltadas al notar mi presencia y se dirigieron á una puerta situada á la izquierda del altar del centro.
—Esperad y nada temais, dijo Calpuc dirigiéndose á ellas: este caballero es mi amigo.
Las dos mujeres se detuvieron, se volvieron y adelantaron hácia nosotros, saludándome, una de ellas, con suma cortesanía. Necesité hacer un poderoso esfuerzo sobre mí mismo, para contener mi conmocion. La dama que tenia delante, y que parecia contar veinte y ocho años, maravillosamente hermosa, y vestida con un sencillo trage blanco, era el original del retrato que habia visto en casa del duque de la Jarilla; era, en fin, doña Inés de Cárdenas, su hija.