—Pues mucho me temo, dije interrumpiendo á doña Inés, que tanta felicidad no sea turbada por vuestra causa.
—¿Por mi causa? dijo doña Inés.
—Si por cierto, porque vos sois la que me habeis traido aquí al frente de mis soldados.
—¿Y qué desgracia nos puede acontecer?
—Nuestros soldados han entrado triunfantes en la ciudad.
—Pero ha sido porque hemos hecho creer á los habitantes que tras vosotros venia un formidable ejército; ha sido porque yo no he querido que se vierta sangre de cristianos; porque deseo, en fin, que haya un acomodamiento entre los conquistadores y los naturales, y á propósito de ello queria hablar con el capitan de la bandera española que se habia presentado delante de nosotros.
—No me ha dicho lo mismo vuestro noble esposo, señora, la repliqué.
—¿Ha hablado con vos mi esposo?
—Si, me ha ofrecido tesoros porque me vuelva con mi gente á la lejana frontera.
—Eso consiste en que habeis cometido la imprudencia de nombrar á mi padre delante de mí.