—Las mujeres y la presa la hemos mantenido constantemente en medio de nosotros, y aun no nos hemos visto obligados á perder la menor parte del botin.

—Y entre esas mujeres, ¿vienen por acaso la esposa y la hija del rey Calpuc?

—Sí señor.

—Supongo que esas mujeres se habran respetado.

—Ninguno de vuestros soldados, capitan, se hubiera atrevido á tocar á la presa antes de que vos la hubiéseis repartido.

—¿Y quién me ha curado?

—El médico judio que nos acompaña desde las Alpujarras.

—¿Y qué dice el médico acerca de mi vida?

—Despues de haberos cortado la pierna y el brazo, y de haberos examinado las heridas de la cabeza, nos aseguró que os quedaban muchos años de vida; pero... ¿no ois, capitan?

Habia resonado á lo lejos un disparo de arcabuz, al que siguieron instantáneamente algunas descargas. Poco despues el fuego se extendió á la redonda, se acercó y se estrechó alrededor de la cabaña donde yo me encontraba.