A causa de la oscuridad y de su sobreexcitacion, doña Elvira habia pasado sin reparar en ella junto á la abertura practicada en uno de los costados de la mina por Harum el monfí.
Se detuvo un momento al pié de la escalera de la casa del capitan, y luego pintóse una decidida expresion en su semblante y trepo por ella.
No tardó en llegar á la puerta secreta: por acaso aquella puerta habia quedado abierta, y doña Elvira se encontró en la cámara del capitan.
Por un momento tuvo miedo de pasar adelante: se hallaba en una casa extraña; pero doña Elvira se hallaba en un estado terrible: tenia fiebre: esa fiebre que producen en las organizaciones vigorosas, la rabia y la desesperacion.
Doña Elvira siguió adelante, y recorrió la casa del capitan, hasta llegar á la puerta exterior; como si Dios no hubiese querido doblar el terror de doña Elvira, habia pasado algunas veces junto á la puerta de la cámara mortuoria, donde yacía doña Inés de Cárdenas, sin que se le hubiese ocurrido que allí habia una habitacion en la cual no habia entrado.
Maravillóla, sí, el encontrar encendidas las luces del zaguan en una casa donde no se encontraba á nadie.
Doña Elvira para cerciorarse de si aquella gran puerta daba á la calle ó á un patio interior, lo que podria muy bien suceder, corrió los cerrojos y abrió uno de los grandes postigos de aquella puerta.
En aquel momento un ginete arremetió por ella, y á poco no atropella á doña Elvira que se hizo un paso atrás, dejó caer la lámpara y exaló un grito de espanto al reconocer al ginete.
Aquel ginete era don Diego de Córdoba y de Válor.
—¡Ah! ¡ah! dijo don Diego; ¿sois vos señora? En verdad, en verdad, que yo esperaba encontraros en otra parte; pero no ciertamente aquí.