Doña Elvira tomó por la escalera principal, y don Diego la siguió, dominado por lo extraño de lo que le acontecia.

Preocupados entrambos esposos con la situacion en que se encontraban, se olvidaron de cerrar la puerta de la calle, y siguieron en silencio el uno tras la otra por las escaleras arriba.

Doña Elvira entró en los corredores, y de ellos pasó á una antecámara, en la que antes no habia entrado.

En aquella antecámara habia un fuerte olor á cera quemada: era la antecámara mas allá de la cual habia muerto doña Inés.

Doña Elvira siguió fatalmente adelante y se encontró en el aposento mortuorio. Habia sobre la mesa dos bugías encendidas que proyectaban una luz opaca sobre el lecho.

—Aquí hay una mujer que duerme, dijo don Diego.

Doña Elvira miró el lecho, y mas perspicaz que su marido lanzó un grito de horror.

—¡Esa mujer está muerta! exclamó.

—¡Muerta! exclamó don Diego arrebatando la lámpara á doña Elvira que habia quedado yerta de espanto, y acercándose al lecho: ¡muerta! ¡sí muerta! pero... ¿quién es esta mujer?... ¡ah! ¡la muerte se cruza en mi camino cuando vengo á buscar una prueba de mi deshonra!

—¡De vuestra deshonra! exclamó en un acento indefinible doña Elvira.