—Es muy posible.
—¿Y yo...?
—Vos sereis...
—Detúvose indeciso Yaye...
—¿Qué seré yo...?
—Sereis... la viuda de un rey que ha muerto con la espada en la mano en defensa de su pueblo oprimido.
—Partid, partid, señor, dijo Estrella cediendo á su amor y arrojándose en sus brazos: partid; Dios no querrá que murais, porque Dios no querrá hacer mas grande mi desesperacion.
Y apoyando su cabeza sobre el hombro de Yaye lloró.
—Es necesario separarnos en el momento, la dijo Yaye levantándola entre sus brazos; para cuidar de vos, señora, queda un hombre que velará por vos, y si muero queda encargado de serviros y de acompañaros. Vais á conocer á ese hombre.
Estrella se separó de los brazos de Yaye y se enjugó las lágrimas.