Entre tanto Yaye decia á Harum.
—¿Para atender á las necesidades de esa dama mientras yo esté ausente tienes oro bastante?
—Si señor.
—Antes de emprender mi expedicion, que será al momento, yo dejaré dispuesto lo necesario para que si muero te entreguen del tesoro de mi corona, lo que baste para atender á la subsistencia honrada de esa dama durante toda su vida.
—¡Morir! ¡señor! ¡morir tan jóven y tan valiente! ¡eso no puede ser! el Altísimo y Único velará por vuestra vida, que es la esperanza de vuestro pueblo.
Como llegaban entonces á las puertas de la casa, Yaye que habia tomado una capa, una gorra y una espada, salió solo y se encaminó á largo paso á la calle del Zenete, á la casa donde habia vivido con Abd-el-Gewar y en donde habia conocido á doña Isabel de Córdoba y de Válor.
CAPITULO XXI.
Los xeques del Albaicin.
El anciano Abd-el-Gewar no supo lo que le acontecia cuando vió ante sí al jóven.
En el primer momento se arrojó á sus brazos, le besó como pudiera haberlo hecho despues de una larga ausencia su madre, y lloró y rió, como un niño ó como un loco.
—¡Oh! ¡gracias al Todopoderoso, exclamó, que te vuelvo á ver! ¿Donde habeis estado, caballero, durante un mortal y abominable mes?