—Ese capitan os le traigo yo, dijo Abd-el-Gewar, interrumpiendo al orador.
—Es Abd-el-Gewar, el santo faquí, dijeron algunas voces.
Todos se levantaron y saludaron á Abd-el-Gewar.
Cuando se hubo restablecido el órden, momentáneamente turbado por la aparicion del anciano faquí y de Yaye, preguntó el xeque que parecia presidir aquella reunion revolucionaria:
—¿Y quién es ese capitan que nos traes, Abd-el-Gewar?
—Ese capitan es el jóven que me acompaña.
—¡Cómo! ¿y á un jóven casi imberbe, dijo con desden el orador que habia sido interrumpido por Abd-el-Gewar, casi á un niño, hemos de entregar la suerte del reino?
—¿Y qué diriais, exclamó Yaye, adelantando con altivez al centro del espacio determinado por los escaños y por la mesa, qué diriais, si ese niño imberbe os dejase abandonados á vosotros mismos?
—¡Soberbia ayuda la tuya, rapaz! exclamó con desprecio el orador.
—¡El reino de Granada es mio, como son mias las Alpujarras! exclamó con una cólera mal contenida Yaye: y todos vosotros no sois mas que mis vasallos, mis siervos naturales, que debeis escuchar de rodillas la expresion de mi voluntad.