—Pues bien, he ahí que el padre de este noble mancebo es Yuzuf Al-Hhamar, el emir de las Alpujarras.
Desvanecida la duda, porque nadie podia dudar de veracidad de las palabras del anciano faquí, notóse un cambio completo en la disposicion de los xeques respecto á Yaye: sin embargo, el Homaidi se atrevió á decir:
—El emir de las Alpujarras no es el rey de Granada: bien lo sabeis: los xeques del Albaicin habian elegido por su señor á don Diego de Válor, segun le llaman los cristianos, á Yuzef-Aben-Humeya, segun le llamamos nosotros.
—¡Si! dijo con desprecio Yaye, ¡al miserable cobarde que doblegaba la cabeza ante el cristiano, y aceptaba mercedes de sus reyes, mientras los monfíes vivian sueltos y libres merced á su valor y á una guerra contínua en la montaña! ¡al infame traidor que, cuando llega la hora del combate, vende los secretos de su pueblo y con ellos su libertad, y se hace prender por el capitan general de Granada para encubrir su traicion! vosotros lo habeis dicho: vosotros habeis acusado de ese delito á don Diego de Válor.
—¿Y quién nos asegura de que no habeis sido vosotros, los monfíes, los que le habeis delatado, para que sea preso, y en su falta, acusándole de traidor, venís á reclamarnos la corona de Granada? dijo otro de los ancianos.
—No necesito yo, emir de los monfíes vuestra ayuda, cuando vivís enervados, y envilecidos, bajo el yugo. Por el contrario vosotros no podreis alzaros sin que mis monfíes os ayuden. ¿De quién es el poder? ¿De quién la fuerza?
—Es verdad, dijo el Homaidi: sin tu ayuda emir, nada podemos hacer los de Granada. Pero una palabra no mas para que concluya esta enojosa disputa y podamos consagrar todo nuestro tiempo á la salud del reino. ¿Estás dispuesto á jurar sobre este santo Koran, (y abrió un libro ricamente forrado que estaba sobre la mesa) que ninguna parte has tenido en la prision de don Diego de Válor?
—Lo juro, dijo el jóven con voz segura y tendiendo una no menos segura mano sobre el Koran.
—¿Juras que ninguna traicion has cometido contra nosotros?
—Lo juro.