—No hablemos mas de esto. Estoy solo en el mundo, sin parientes, sin tener al lado mas que afectos interesados.
—¡Señor! exclamó con acento de respetuosa reconvencion Saez.
—No hablo por tí; pero ello es el caso que todo lo he perdido: estoy harto ya de oir resonar mis pisadas huecas en los desiertos salones de mi palacio de Guádix; de cazar en mis tierras sin llevar al lado mas que hidalguillos de gotera, y de aburrirme las largas noches de invierno.
—Ya he aconsejado á vuecelencia que viva en la córte.
—¡En la córte yo! ¡para irritarme entre la turba palaciega de extranjeros y de nobles degradados en su mayor parte que rodean el trono del emperador Don Cárlos! ¿qué habia yo de hacer en la córte? No, no; necesito algo que me saque de mi inaccion, algo que me ponga algun tiempo en actividad, que me distraiga, sin irritarme: la guerra ¡vive Dios! la guerra que tratándose de los moriscos será larga y peligrosa, porque esos perros, ya te lo he dicho otras veces, son muchos, valientes y tenaces. Y luego, si en la guerra me encuentran en buen sitio una pelota de arcabuz, una lanza ó una saeta, mejor, tanto mejor... así acabaré de sufrir.
Guardó silencio aquel extraño personaje y el escudero no se atrevió á sostener por mas tiempo la conversacion, temeroso de que su amo se irritase.
Habíase hecho menos agria la cuesta, los caballos caminaban mas desembarazadamente, y en poco espacio llegaron á la puerta de Fajalauza y entraron en Granada por la parte alta del Albaicin.
Inmediatamente despues de la citada puerta, hay una calle recta, cuyo nombre no recordamos, que entre feas casucas, desemboca junto á la iglesia de San Gregorio el Alto.
Por aquella calle tomaron el noble señor, su escudero y sus lacayos.
Por aquel punto parecia Granada una ciudad desierta. Todas las puertas estaban cerradas y no se veia un alma viviente. Pero cuando la cabalgata dobló el ángulo de la iglesia fue distinto. Una multitud de gentes que se empinaban para mirar á un centro comun, se agolpaban en la puerta de la iglesia.