Yaye, antes que en socorrer á doña Isabel, pensó en arrancarla de aquel lugar de peligro: fué á la puerta, que pugnaban en vano por abrir las criadas, apartó á estas, desenganchó un pistolete de su cinto, buscó la cerradura, é hizo fuego sobre ella: la cerradura saltó rota en mil pedazos, Yaye abrió el postigo, y las tres criadas escaparon al momento, como pájaros á quienes se abre la puerta de la jaula.

Despues, Yaye fue á donde estaba doña Isabel desmayada, la contempló un momento con éxtasis, la cargó en sus brazos, y salió por el postigo y se dió á correr por las empinadas calles, hácia la cercana muralla del obispo don Gonzalo.

—La traicion de don Diego de Válor, exclamó con un acento indescribible, ha hecho inútil el levantamiento de los moriscos; pero esa traicion ha puesto á Isabel en mis manos: Isabel es mia.

Y el jóven, á quien hacia insensato el amor, se alegraba casi de la desdicha de su pueblo, puesto que le habia procurado la posesion de doña Isabel.

Porque Yaye estaba resuelto á romper de una manera terrible para la pobre niña, los vínculos extraños que le separaban de ella.

Por otra parte, Yaye se decia:

—Si hoy por culpa de un traidor no hemos vencido, mañana venceremos. Y su conciencia se apoyaba en su esperanza.

Entre tanto, Yaye seguia corriendo las calles arriba, sin sentir el peso de la carga de doña Isabel, que era demasiado buena moza para que no pesase mucho. Las calles estaban desiertas por aquella parte y muy pronto el jóven llegó á un lugar aportillado de la muralla, y salió al campo, ó por mejor decir, al monte.

Sin embargo, no se detuvo hasta que se encontró muy lejos de la muralla, sobre una senda que orlaba la falda del cerro de santa Elena, y que conducia á su cumbre.

A poca distancia habia un aprisco abandonado, y hácia él se dirigió Yaye con su preciosa carga. Junto al aprisco brotaba una fuente rodeada de álamos, sobre un terreno cubierto de cesped, y allí fue donde se detuvo Yaye, depositando blandamente á doña Isabel sobre el cesped.