Coloráronse con una llamarada febril las pálidas mejillas del anciano, arrasáronse sus ojos, y dijo:

—¿Y ha venido solo Abd-el-Gewar?

—No, poderoso emir, le acompaña un jóven.

—¿Dónde estan?

—En la antecámara inmediata.

—Haz entrar á Abd-el-Gewar.

—¿Solo?

—Solo. Entre tanto da compañía al jóven.

Inclinóse el anciano, salió, y el emir se dirigió con paso lento, y profundamente pensativo al divan, y se sentó en él.

Poco despues se abrió la puerta del fondo, y apareció Abd-el-Gewar, que se detuvo un punto, miró al fondo, vió al emir, brilló en sus ojos una expresion de alegría y adelantando con una ligereza superior á sus años, se arrojó á los piés del emir.