Aquella mujer estaba vestida de blanco.
—¡Ah! ¡perdón! ¡perdón, señor! exclamó: ¡yo le amaba!
—¡Ah! ¿conque eras tú? exclamó Yaye: y la volvió las espaldas.
Al dia siguiente la doncella fue despedida; pero á pesar de lo que habia visto, Yaye no pudo despedir las sospechas de su alma.
Jamás las manifestó á Estrella, pero excitado su aborrecimiento á la pobre joven, lo demostró sin rebozo.
Ausentábase y pasaba semanas enteras en las Alpujarras.
Estrella no podia ser mas infeliz.
Pero Dios tuvo compasion de ella.
Murió, al dar á luz una niña, entre los brazos de Yaye, que al verla morir creyó en ella, lloró, y sintió sobre su alma un nuevo remordimiento.
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