—Entrar en cualquiera de esas casas vecinas.

—¡Oh! ¡eso jamás!

—Entrar para esperar únicamente que venga una litera.

La duquesa levantó sus magníficos ojos, y los fijó radiantes, límpidos, en el semblante del jóven, que nunca se habia visto mirado de aquel modo por ninguna otra mujer: comprendió por aquella mirada que la duquesita era su destino, mas que su destino: su señora, la pasion de toda su vida; su alma se anegó en el abismo de aquella mirada, y de sus ojos partió otra mirada por la que se exhaló toda su alma.

Aquellos dos seres se habian confundido en uno.

Dios los habia criado el uno para el otro, y la casualidad los habia reunido.

—¿Quereis que entremos en una casa que no conozco, don Juan? dijo la jóven.

—¡Cómo! ¿Sabeis mi nombre?

—¿No sabeis vos el mio?

—¡Me amais!