Mientras doña Esperanza hablaba, Yaye ponia el mayor cuidado en observar cuanto tenia alrededor: los dos esposos, como dominados por la presencia de tan nobles personas en su casa, estaban en la mas humilde actitud y guardando el mas respetuoso silencio á la puerta del aposento, de la que no habian pasado: un chiquillo como de cinco años, estaba junto á una mesa mirando alternatívamente á un cajon entreabierto y á sus padres: en un momento en que estos estaban abstraidos, mirando á Yaye y á su hija, el muchacho abrió silenciosamente el cajon, y sacó de él una moneda: Yaye se levantó rápidamente, asió la mano del niño, y sacando de ella un dorado doblon de á ocho, le mostró al marido.
—Vuestro hijo os roba, amigo mio, le dijo, y debeis castigarle: hoy os roba á vos; mañana robará á otro. Y abrió mas el cajon para echar en él la moneda. Dentro habia como hasta una docena de doblones.
—Buenos ahorros teneis, dijo el duque señalando con un dedo inflexible aquel oro.
El marido se puso sumamente pálido y balbuceó algunas palabras; la mujer, aunque un tanto alterada, contestó sobre la palabra de Yaye:
—¡Ah, señor! los pobres no podemos ahorrar tanto dinero; lo debemos á la caridad de la señora.
—Has hecho bien, hija mía, dijo Yaye: debemos premiar cumplidamente á los que de tal modo nos sirven, y yo me encargo de acabar de recompensar á estas buenas gentes: tomad, añadió dándoles una bolsa de seda llena de oro; que os quede un buen recuerdo de que ha pasado una noche en vuestra casa la duquesa de la Jarilla.
Y asiendo de la mano á su hija salió con ella.
La pobre jóven leyó en los ojos de su padre cuanto aquel guardaba en su alma; pero ni se inmutó ni tembló, aunque habia visto algo horrible.
Esto consistía en que por uno de esos impulsos incomprensibles de la mujer, habia aceptado su destino al entrar con don Juan en aquella casa.
Entre tanto la mujer que habia permanecido en la puerta de la calle hasta que doña Esperanza entró en la litera y Yaye se alejó con ella y su servidumbre, dijo volviéndose á su marido.