—Pero ¿quién era este marquesito?

Un jóven de mi misma edad ó poco mas, de quien se decian maravillas; las damas hablaban de él con deseo, y los hombres con envidia; sin saber como, di en pensar en el marquesito, y al fin, atribuyéndole todas las prendas que yo soñaba en el hombre de mi amor, amé sin conocerle al marqués, pero con delirio, como únicamente puedo amar yo.

Guardaba, sin embargo, mi secreto, le deboraba, esperaba una ocasion de verle en la córte; pero el marquesito jamás concurria á ella. Al fin, ayer, cuando incendiado el tabernáculo del templo, huia despavorida, sentí que unos brazos me levantaban del suelo, que un hombre me llevaba consigo hasta un lugar solitario donde me dejó en tierra. Brillaba la luna. Ante mí habia un jóven, la cabeza descubierta, y tan hermoso como no habia visto ninguno. Sentí que mi corazon se rompia, que me arrastraba hácia aquel hombre, y cuando en un accidente de la conversacion brevísima que se cruzó entre nosotros, supe que aquel hombre...

—Era él... observó roncamente Yaye.

—Si, el marquesito: ardiente, enamorado, audaz: quise defenderme en vano: mi razon habia sido dominada por mi eterno sueño, por ese sueño fatal de amores: lo olvidé todo: para mí no existia nadie en el mundo mas que él: me dejé conducir á donde quiso, y cai en el abismo que se me habia preparado, envenenando mi alma.

Detúvose Amina, y Yaye no tuvo valor para pronunciar una sola palabra.

—Ahora que ya lo sabes todo, padre, dijo Amina, levantándose y arrodillándose á sus pies, mátame; mátame, porque te he deshonrado; mátame, porque yo no puedo vivir; porque he probado el amor, y no es el amor que yo habia soñado: porque al perder mi pureza he conocido que era pura; porque no puedo volver á mi hermoso sueño que era mi edem, porque... porque si tú no me matas, me mataran el dolor... y la vergüenza.

Y Amina de rodillas con las manos juntas y los ojos levantados al cielo é inundados de lágrimas, era el mas bello trasunto del ángel de la desolacion.

—¡El nombre! ¡el nombre de ese hombre! exclamó Yaye levantándose con impetu.

—¡Ese hombre se llama el marqués de la Guardia! respondió Amina.