—Pero, padre mio: ¿olvidais que para ello es necesario hacer de el príncipe un parricida? ¿á tal malvado quereis unirme?

—Mira, Amina: allí, y el duque extendió su brazo rígido y fatal hácia el Oriente: allí hay un pueblo entero esclavo, despedazado por el vencedor: allí se ahorca, se azota, se arranca de entre los brazos de su familia, á ancianos cubiertos de canas, á hombres en la fuerza de su vigor: allí los hijos no tienen madre, ni las madres, hijos: allí se destila gota á gota por la mano del verdugo la sangre de tu pueblo: al otro lado de los mares, tras la inmensidad del océano, un pueblo que tambien es tuyo, sufre la misma suerte horrible, imposible. La sangre de esos dos pueblos te alienta: la corona de esos dos pueblos ceñirá un dia tu cabeza: el opresor de esos dos pueblos, el tirano que se alimenta con sangre humana, es demasiado poderoso para que pueda vencérsele por la fuerza: Satanás le ayuda: es necesario acercarse á él como la serpiente, acechar su sueño, y morderle antes de que despierte, en el corazon: tú y yo nos sacrificaremos por esos dos pueblos oprimidos; para salvarlos romperemos nuestro corazon, y cubriremos, si es preciso, de vergüenza nuestra frente: ¿qué importan los medios con tal de que nos lleven al fin apetecido?

—¡Pero si aun asi no logramos salvar á esos desgraciados! ¡si nos perdemos inútilmente!...

—Habremos luchado con todas nuestras fuerzas.

—¡Esposa del príncipe don Carlos!... murmuró mortalmente pálida Amina.

—Ni una palabra mas: la conversacion que hemos sostenido, es demasiado dolorosa para que queramos prolongarla. ¡Dios lo ha querido, y es necesario resignarse á su voluntad! vete: déjame solo; quítate esas lúgubres ropas, y que nadie vea en tu frente ni la mas leve nube de tristeza; preséntala altiva y serena al mundo, como yo le presento la mia... y, sin embargo, guardo en mi corazon un infierno. Guárdalo tú tambien, y sobre todo... olvida... olvida al marqués.

Y despues de esto, llegó á su hija, la besó en la frente, la asió de una mano, y la condujo hasta una de las puertas de la cámara.

Amina desapareció tras el tapiz.

Yaye permaneció algun tiempo inmóvil, como una estátua, con la mirada fija, abstraida; luego se pasó la mano por la frente como si hubiera querido arrancar de ella una pesadilla, y su impenetrable semblante, adoptó de nuevo una expresion glacial, fria, reflexiva que parecia ser su expresion característica; fué á la mesa, abrió un cajon con llave, sacó cuidadosamente unos papeles y se puso á hojearlos.

Poco despues se levantó, puso los papeles en un armario, cuya llave guardó cuidadosamente en un bolsillo, y se fué á la puerta.