—Pero esas nuevas, señor...

—Por importantes que sean, necesito quedarme solo: arrojar la dolorosa máscara de que me he cubierto y que me sofoca. Yo te llamaré, Harum.

El leal monfí se inclinó profundamente y salió.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Lo que pasó en la noche de aquel mismo dia en la casa de la rinconada de la plazuela de Peranton, donde habia pasado la noche anterior la hija del emir de los monfíes; con el marqués de la Guardia, fue horrible.

Despues de las doce los vecinos despertaron asustados por unos agudos gritos de mujer que pedia socorro: cuando los mas ligeros salieron á las ventanas, los gritos habian cesado; pero vieron cinco hombres que, saliendo de la casa, se alejaron y se perdieron en la oscuridad.

Poco despues vino la justicia llamada por los vecinos y encontró la puerta de la casa violentada: los esposos que la noche antes habian acogido á la hermosa Amina y al marquesito, estaban cosidos á puñaladas sobre un lago de sangre.

Un niño como de unos cinco años, jugaba arrastrándose por el suelo y manchándose de sangre, á la luz de una lámpara, con algunas monedas de oro: la justicia recogió los muertos, el niño y las monedas, se guardó estas últimas, entregó el niño á una moza de vida alegre llamada la Sastra, que le pidió para adoptarle, y envió los cadáveres al cementerio.

Nada mas se supo acerca de este lúgubre asunto: ni por mas que la justicia se ocupó dos dias en averiguar quiénes fuesen los asesinos, pudo dar con ellos.

CAPITULO V.