—No, contestó Angiolina con un acento poderosamente incitante: por nada del mundo trocaria el placer de apoyarme en vuestro brazo.

El alma de don Juan se sonrió, cediendo á un impulso de vanidad: habia conseguido su objeto: Angiolina era su instrumento, y un instrumento muy bello por cierto: sin embargo, temió perderlo todo por precipitacion y se mantuvo en los límites de la mas profunda reserva.

—Ved, dijo, que aun son las noches frias; que estais muy sofocada.

—Por lo mismo necesito respirar libremente, y luego... la noche esta hermosísima... no recuerdo otra noche mas hermosa.

—¿Qué camino quereis que elijamos para que vayais á vuestra casa?

—¿Para que vayais? Contestó la princesa subrayando con su intencion particular estas palabras. ¡Qué! ¿en el caso de querer yo ir á mi casa, no venís vos tambien?

—¡Qué no vais á vuestra casa, señora! ¿pues á dónde quereis que os acompañe?

—No quiero que me lleveis; quiero llevaros yo. ¿No quereis que os sirva de guia?

—Indudablemente que guiándome vos, no puedo ir mas que al cielo.

—¿Quién sabe?