—Me parece, dijo don Juan, que vamos llegando al capítulo de las pérdidas.

—Efectivamente, segun la relacion sacada de los autos á que me refiero, á los dos años, tres meses y diez dias de haberse embarcado el duque para Nueva España, perdió su hija; el amor que le habia impulsado á aquella arriesgada empresa; todo lo que le quedaba en el mundo.

—Lo que demuestra que los hijos pagan los pecados de los padres.

—Doña Inés pagó los del suyo de una manera cruel. Figúrate don Juan, que durante la noche de... no recuerdo exactamente la fecha, pero esto no hace al caso... los indios acometieron el fuerte que ocupaba el adelantado, le entraron, hicieron una matanza horrible y se llevaron consigo á doña Inés.

—Preveo las consecuencias, dijo el marqués: el rey de aquellos bárbaros se casó con la hermosa castellana.

—¿Quién cuenta la historia, don Juan, dijo con impaciencia la princesa, tú ó yo?

—Perdóname, pero...

—¡Querias darme una muestra de tu penetracion! renuncia por ahora á ello, y del mismo modo á saber si el cacique se enamoró de doña Inés ó doña Inés del cacique. Hemos concluido la primera parte de mi historia.

—Pues no puede ser mas sencilla.

—De una bellota nace una encina, don Juan, y ya verás como los sucesos se complican. Voy á referirte la segunda parte que es mucho mas sencilla, como que se reduce á muy pocas palabras: el duque de la Jarilla buscó en vano á su hija, y en vano durante diez años envió al desierto indios de paz, ofreciendo un crecidísimo rescate por ella. Por último, habiendo enfermado y casi enloquecido el duque, los médicos le declararon formalmente que si no volvia á su país natal moriria sin remedio antes de seis meses.