—¡Una extravagancia!
—Te pido de nuevo perdon por la palabra, pero no encuentro otra mas exacta: ademas, si yo amara á doña Esperanza, lo que no es posible amándote como te amo, ¿no comprendes que todas estas singularidades, lo misterioso de su orígen, lo real de su alcurnia, porque al fin su abuelo es ó ha sido rey..... siquiera de idólatras; las desgracias de su familia, aumentarian mi amor en vez de extinguirle?
Don Juan habia comprendido que la princesa tenia algo mas que revelarle que lo contenido en el proceso respecto á Esperanza; no queria preguntarla, y para saber todo lo que supiese Angiolina respecto á la duquesa de la Jarilla, irritaba sus zelos.
La princesa palideció densamente; miró de una mas manera sombría á don Juan y exclamó trémula de cólera:
—Bien sabia yo que la amabas: los ojos de una mujer, que ama como yo te amo, no se engañan: pues bien: contaré á todo el mundo esa historia que habia comprado para tí solo, y veremos si te atreves á amar á una mujer á quien todo el mundo señale con el dedo: todo el mundo no tiene los mismos motivos que los oidores de la chancillería de Granada, para creer á ciegas cosas tan extraordinarias.
—Por tu bien te aconsejo, dijo don Juan que iba perdiendo la paciencia, que no propales esa historia, mi querida Angiolina: aborreces, aunque sin motivo, á doña Esperanza, y no querrás ser la causa de que se haga adorable, en el momento en que todo el mundo sepa su historia. ¡Bah! no sé qué motivos tienes para desconfiar de mi amor.
—Don Juan, dijo gravemente la princesa, ya que no basta lo que sabes para que te apartes de esa mujer, voy á revelarte un secreto terrible: tu padre murió á hierro.
—¿Qué quieres decir, Angiolina?
—Tu padre el marqués de la Guardia apareció una mañana muerto á estocadas en una oscura calleja del Albaicin.
—Es verdad.