Salió la otra doncella.
Poco despues, casi todos los sillones del aposento, estaban cubiertos por magníficos trages, y sobre la mesa del tocador se veia abierto un cofrecillo lleno de joyas.
Amina se volvió á sus doncellas, y las dijo:
—Amigas mias, vamos á separarnos, sabe Dios por cuánto tiempo.
—Pero, señora, dijo una doncella, donde quiera que vuecelencia vaya, necesitará de nuestros servicios.
—Mi viaje es largo, y la vuelta dudosa; dijo tristemente la jóven: en los lugares á donde voy, tengo ya preparada mi servidumbre.
Guardó un momento silencio Amina, y luego continuó:
—Estoy satisfecha de vosotras; me habeis servido bien, y quiero dejaros un recuerdo mio.
—¡Ah, señora! demasiado profundo nos los deja vuecelencia, con sus bondades, dijo conmovida doña María.
—Ahorremos las lágrimas, dijo Amina, procurando ocultar bajo una sonrisa su conmocion, y aprovechemos el tiempo. Aunque nobles, sois pobres; y siendo yo rica, no quiero, cuando voy á separarme de vosotras, acaso para siempre, que quedeis sujetas á otra servidumbre, no tan blanda quizá, como la que me habeis prestado. Mis ropas y las joyas que uso diariamente, son vuestras. Aceptadlas, mas bien como el recuerdo de una amiga, que como el don de una señora.