—Frai Miguel, dijo la jóven adelantando hácia el sillon donde el anciano estaba sentado, y arrodillándose á sus piés: adsolvedme de un pecado que no os he confesado hasta hoy por pudor, y bendecidme por la última vez.
—¡Bendecirte por la última vez hija mia! exclamó el anciano, pálido y turbado: ¡absolverte de una falta que no me has confesado por pudor! ¿qué falta es esa, Esperanza?
Un padre no hubiera mostrado mas severidad ni mas interés, que el anciano religioso en aquella pregunta.
—¡Soy madre! dijo entre sollozos y ocultando su rostro entre sus manos Amina.
El buen sacerdote alzó los ojos y las manos al cielo, y sus labios trémulos murmuraron una oracion, brotaron lágrimas á sus ojos, y luego poniendo sus dos manos temblorosas sobre la cabeza de Amina, la dijo con voz cobarde, por decirlo asi:
—¿Sabe tu padre esa falta, hija mia?
—La sabe y me envia lejos; muy lejos de la córte para ocultar mi deshonra.
—¿Y tu padre te ha perdonado?
—Mi padre, como yo, se conforma humildemente con la voluntad de Dios.
—Y... ¿no tiene reparacion esa falta?