—¿Quién piensa en no volvernos á ver? exclamó Yaye levantando á su hija: ¿ni por qué he de negarte yo mi perdón ni mi amor, cuando lo que es, ha sido porque Dios ha querido que sea? Yo te amo y procuraré hacerte feliz, Amina; pero es preciso que luchemos aun. Es preciso que nos separemos.
Amina se arrojó sollozando en los brazos de su padre. Calpuc miraba con un dolor profundo aquella escena.
—Vamos, tranquilízate, dijo Yaye: adivino lo que no te atreves á decirme. Yo velaré por don Juan, yo le amaré como á un hijo, á pesar de que me ha hecho mucho daño. Ahora enjuga tus lágrimas, tranquilízate y vamos.
Amina hizo un violento esfuerzo sobre sí misma, y logró aparecer mas tranquila: entonces Yaye fué á una de las puertas de la cámara.
—¡Ola, Partal! dijo:
Presentóse un hombre como de treinta años, vestido de camino á la usanza de los hidalgos castellanos.
—Baja y haz montar á la gente, le dijo Yaye. No olvides lo que te he encargado.
—No lo olvidaré, magnifico señor.
—Vé, nosotros te seguimos.
Cuando Calpuc, Yaye y Amina, bajaron al patio, encontraron montados á los lacayos y la servidumbre, silenciosa y triste agolpada á la puerta: se habia hecho amar la jóven de tal modo por todos, que su partida causaba un sentimiento general.