Yaye cerró esta carta y la entregó á un lacayo para que la llevase á su destino.

Dos horas despues la carta le fue devuelta cerrada, tal como la habia enviado, dentro de otra de don César de Arévalo que contenia estas solas palabras:

«Señor duque: el loco de mi sobrino no parece en ninguna parte desde ayer, y como vuestra carta para él puede ser importante, os la devuelvo temiendo que se extravíe. Vuestro mas afecto criado.—Don César de Arévalo.»

El duque arrugó en un momento de cólera aquella carta.

Luego envió cuatro ó seis de sus lacayos á que buscasen por todo Madrid al marquesito.

A las diez del dia el duque oyó pronunciar con asombro á la puerta de su cámara á uno de sus sirvientes el nombre del señor príncipe Lorenzini Maffei que venia á visitarle.

Yaye mandó que le introdujesen en su salon de recibo.

CAPITULO XVII.
Quien era el príncipe Lorenzini Maffei.

Antes de entrar en la cámara donde le esperaba su visitante, Yaye le observó detenidamente tras las vidrieras de una puerta.

Vió un hombre como de cincuenta años, un tanto encorvado, mas bien como por el exceso de una vida estragada, que por los años, que no eran excesivos: tenia el pelo entrecano, y un tanto largo y rizado según la moda de los nobles italianos: llevaba por autoridad una cadena de oro al cuello, y al costado una ligera espada de córte.