Nombróle, pues, coronel de su guardia suiza.
Entre otras ventajas, que á mas de su pingüe sueldo y de su representacion, gozaba el coronel de los suizos, eran no pequeñas, el vivir en un pequeño y bello palacio del papa junto al Coliseo y el uso de carroza y servidumbre, pagados por el tesoro pontificio.
Asi, pues, Paolo Visconti podia sostener á su hija en la posicion de una ilustre dama.
Visconti, que se habia casado muy jóven y muy jóven habia enviudado, era por los años de 1537 un hermoso caballero de treinta y cuatro años, galante como veneciano, altivo por su alcurnia y espléndido, cuanto se lo permitía su sueldo.
Los dados y los naipes habian sido con él sumamente propicios, y habia ganado enormes sumas, indemnizándose casi por este medio, de lo que le habia quitado su amor por las libertades patrias.
Asi es, que se contaba mas de una escandalosa aventura de amores, en que el coronel Paolo Vizconti habia sido el galan afortunado, y no habia marido, padre ó hermano que no le temiesen, si tenian hijas, esposas ó hermanas bellas; sin embargo, Vizconti logró salir sano y salvo de una y otra aventura arriesgada, á lo que contribuyó no poco su fama de valiente y de diestro en armas. Esto, acreciendo su soberbia, le impulsó á nuevas y cada dia mas arriesgadas empresas amatorias, hasta que, cansada la suerte de protegerle, le metió en una que debia decidir, no solo de su suerte, sino tambien de la de su hija.
Cerca del palacio que habitaba Visconti, entre este, y el Coliseo, en una linda casita de un solo piso, vivia una jóven llamada Fioreta, al solo cuidado de una anciana. Servíalas una vieja criada, y nunca se habia visto entrar en aquella casa un hombre, ni acompañarlas jamás nadie en sus breves salidas desde su casa á una iglesia próxima. Sin embargo, Fioreta, que vestia como una dama de la alta nobleza romana, era tan hermosa, tan cándida y tan jóven, que muchos nobles solicitaron sus favores, sin faltar algun miembro del sacro colegio que no hubiera vacilado en comprometer su alma, si le hubiesen mirado con amor los negros ojos de Fioreta.
Pero esta se mostraba inaccesible á los seguimientos, á las rondaduras y las músicas de sus numerosos adoradores, y habia logrado adquirir una fama de insensible, de inespugnable, que el mundo galanteador la impuso el nombre de la mujer fuerte.
Llegó esto á oidos de Visconti, del hombre irresistible, del corruptor, por decirlo asi, de Roma, y deseó conocer á la tan ponderada y rigorosa hermosura. Eran vecinos, y esto no le fue difícil. Púsose al paso de Fioreta, engalanado con su ostentoso uniforme de coronel de los suizos; la vió, se enamoró perdidamente, la siguió á la iglesia; se puso continuamente á su paso, y no tardó en conocer, que la para todos desdeñosa hermosura, era para él camino llano y abierto. Fioreta se habia enamorado de Visconti, con un amor tan puro, tan intenso, tan sublime, como era sensual y miserablemente ardoroso el de Vizconti.
Por mas que quiera guardarse á una mujer, no se guarda si ella no quiere guardarse: la iglesia á que la jóven concurria era oscura: cambiáronse billetes entre los amantes, y por ellos supo Visconti que era amado como jamás lo habia sido, y que en la existencia de Fioreta habia un misterio que realzaba el valor que ya por su hermosura tenia sobradamente la jóven. Este misterio consistia en que Fioreta no tenia padres conocidos, y ademas, en que una mano invisible y que debia ser inmensamente rica y poderosa la protegía, atendia á su subsistencia de una manera expléndida, y la procuraba cuantos goces honestos puede desear una jóven honrada. Se la habia dado una educacion de princesa; se ponderaban las preciosidades que encerraba dentro de sí la pequeña casa en que vivia; sus trajes eran riquísimos y nobles, y en las grandes solemnidades públicas, se la veia cubierta de diamantes y brocados, en una magnífica carroza dorada, tirada por cuatro caballos admirables, carroza que aparecia por sí misma, sin saberse de donde venia, y que desaparecia sin que Fioreta ni su aya supiesen á donde iba. En cuanto al cochero y los lacayos eran mudos, siempre que las dos mujeres trataron de indagar por ellos quien era aquella persona misteriosa, que de una manera tal, cuidaba de la suerte de Fioreta.