Un resto de la familia real de Granada, guarecido entre rocas y desfiladeros, no rendia vasallaje al vencedor del reino de Granada; los demás se arrojaban á sus piés en un cobarde vasallaje, ó se desterraban voluntariamente del suelo que les vió nacer, pasando al Africa.
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Anduvimos sin cesar por ásperos senderos durante aquella larga noche, alumbrados por la clarísima luna del mes de las nieves, y al amanecer llegamos al centro de un espeso pinar delante de la boca de una lúgubre gruta.
Esa gruta es la misma en que ahora te encuentras, hijo mio.
Dentro de esta gruta, mi padre construyó el alcázar subterráneo del emir de los monfíes.
—Pero segun las cámaras que he visto antes de llegar á esta, dijo Yaye, si he de juzgar por el régio esplendor que nos rodea, este alcázar es tan rico como la Alhambra; para construirlo han debido gastarse tesoros incalculables.
—Mi padre, continuó el anciano Yuzuf, previendo á tiempo la conquista, habia vendido sus tierras, sus alquerías, sus castillos: el precio de estos, aunque enorme, no bastaba ciertamente para la construccion de este alcázar maravilloso, del cual solo has visto una pequeña parte. Pero los monfíes hacian la guerra al cristiano y con mucha frecuencia penetraban en las villas mas populosas y ricas de las Alpujarras, las entraban á saco y se volvian cargados de botin: el quinto de las presas era de mi padre: ademas, justo era que los que habian inclinado cobardemente su cabeza bajo el yugo del vencedor, los que se habian convertido de miedo (porque los cristianos tardaron muy poco en faltar á la fe de las capitulaciones), justo era que los que habian renegado vilmente de su Dios, contribuyesen al sostenimiento de los valientes moros que habian rechazado toda servidumbre, todo envilecimiento, toda apostasía, prefiriendo una sangrienta y continua lucha entre las breñas de la montaña, á una paz vergonzosa entre el ocio y el regalo de las poblaciones, bajo la mano de hierro y la vista recelosa de los cristianos: al poco tiempo de haberse hecho mi padre rey de la montaña, aparecieron gacelas escritas en las puertas de las iglesias, sin que nadie supiese quién las habia puesto, en que se imponia á los moriscos renegados y á los cristianos, un fuerte tributo para el emir de los monfíes: la primera vez las gacelas fueron arrancadas sin temor, y solo recibieron por contestacion un silencio de desprecio: el castigo no tardó mucho despues de la ofensa: una y otra y otra villa fueron acometidas de noche, en medio del silencio, y sus moradores entregados al degüello y al incendio: cuando de nuevo se fijaron gacelas en los mismos parajes que las anteriores, los vecinos, cada uno segun su riqueza, se apresuraron á pagar el tributo impuesto por el rey de la montaña, llevándole al lugar que se prefijaba en la gacela. Asi han continuado año tras año. Al terminar la luna de los frutos, nuestros monfíes entran de noche en las villas y fijan en las iglesias las gacelas en que se les anuncia el dia y el lugar en que han de pagar el tributo y dónde han de depositarle. Ningun año ha faltado una sola villa á cumplir esta prescripcion. Tenia, pues, mi padre tesoros y los tengo yo. Con esos tesoros se ha construido en las entrañas de la tierra, en las excavaciones de unas antiquísimas canteras, este alcázar, que es una ciudad subterránea; con esos tesoros hemos podido ir aumentando el número de los monfíes, que al principio apenas llegaban á quinientos; que cuando murió mi padre llegaban á cuatro mil, y que hoy forman un ejército de diez mil soldados, fuertes, bravos, sin piedad, incansables, que conservan la pureza de la ley alcoránica, y entero el amor de la patria: con esos tesoros podemos tener espías en todas partes, hombres activos que encontraran medio de saberlo todo, de oirlo todo: estos hombres estan allí do quiera ondea la bandera española: en la córte del emperador, en la del rey de Francia, en Italia, en Flandes, hasta el remoto continente americano, de donde nos envian oro á raudales; nadie conoce á esos emisarios mios, y muchos de ellos sirven á sueldo bajo las banderas del rey de España, muchos alientan con mi oro las tentativas de los enemigos de Carlos V, y si yo quisiera, ese soberbio rey caeria herido por un puñal invisible: ¿pero qué me importa la vida de don Carlos? El es un solo hombre, aunque poderoso, y nuestro enemigo es un pueblo entero, un pueblo de soldados aventureros y rapaces, de frailes codiciosos, de jueces y abogados que son otras tantas aves de rapiña: la codicia hace invencibles á esos aventureros, el fanatismo crueles á esos frailes, la soberbia implacables á esos jueces: donde quiera que pone su planta el soldado, donde quiera levanta su cruz el fraile, donde quiera tiende su garra el golilla español, allí van la destruccion, la hoguera y el verdugo: América se extremece bajo su yugo, Flandes se desangra, la hermosa Italia se ahoga; llegará un dia, y acaso no tarde, en que alentados por la desesperacion los oprimidos, hagan crugir y quebrantarse el yugo: en que España, rodeada por todas partes de enemigos, no tenga bastantes soldados para vencer; en que los frailes no puedan encender hogueras para quemar, en que los jueces se vean heridos por sus mismas plumas. Llegará un dia en que se unan contra España todos los que por España son desdichados, porque la tiranía acaba siempre herida por sus mismos excesos. Una terrible guerra religiosa se agita en Europa; Roma lucha contra la protesta; los doctores católicos contra los doctores luteranos: cien pueblos contra uno solo, cien derechos contra una sola tiranía: la España de Carlos V es un coloso de hierro con los piés de barro, y su mismo peso la derrocará: ¡ay cuando llegue el dia en que el coloso vacile! Un pueblo que hoy se esconde en las entrañas de las rocas, atacará á ese coloso por el pié y le arrojará por tierra...
—¡Sueño! exclamó Yaye, interrumpiendo á su padre.
—¿Acaso sabe nadie lo que está escrito en el libro del destino? ¿Acaso no fueron derrocadas Menfis y Babilonia? ¿No pasó la Grecia con sus guerreros, con sus sabios, con sus poetas y sus artistas? ¿Dónde está Cartago la rival de Roma? ¿Dónde está Roma la vencedora de Cartago? ¿Dónde estan los godos que hollaron el Capitolio con los sangrientos cascos de sus caballos? ¿Dónde estan los árabes vencedores de los godos? ¿Qué ha sido de los almoravides y de los almohades vencedores de los árabes? Todo muere: como los hombres, las razas.