¿Quién es esa dama?
—Sí, contestó Yuzuf, mirando fijamente á su hijo: tú eres una prueba viviente de que si mi corazon abrigaba un odio á muerte, una inextinguible sed de venganza contra los cristianos, dió tambien cabida al amor.
—Pero vos amariais á una mujer de vuestra raza; á una parienta acaso.
—Tu madre no era mora, hijo mio.
—¡Que no era mora!
—Era árabe... al menos descendiente, en línea recta de los califas árabes de Córdoba.
—¡Descendiente en línea recta de los califas de Córdoba!... ¿Cómo se llamaba?
—Ana de Córdoba y de Válor.
—¡Ana de Córdoba y de Válor!... ¡Hija de los renegados!... ¡Cristiana!...
—Es verdad que los Válor cometieron un gran pecado renegando de su fe y sirviendo á los reyes de Castilla: es verdad que un moro no debia tener con ellos otra alianza que la del acero, otro trato que el del combate... ¿pero acaso hemos de castigar en los hijos los pecados de los padres? ¿Acaso no hay una ley superior á todas las leyes; una ley irresistible, porque está escrita por la mano de Dios en el corazon humano, y á la que es forzoso obedecer? Dichoso tú, hijo mio, si aun no has oido el terrible precepto de esa ley, de esa ley que se llama...