Yaye en su permanencia entre los cristianos se habia hecho artista, y reconoció á primera vista por la manera, cuando la reflexion hubo dominado en él á la sorpresa, al autor de aquel retrato: recordó que Antonio del Rincon habia muerto muchos años antes de que Isabel de Córdoba y de Válor llegase á la edad que la dama retratada representaba: no podia ser aquella dama Isabel, pero podia ser su madre.
¡Su madre!
Este fue el primer pensamiento que brotó de la razon de Yaye, y le extremeció.
Acaso habia un misterio en el nacimiento de Isabel: acaso amaba con un amor incestuoso á su hermana.
Cuando llenan la cabeza y conmueven el corazon pensamientos y sensaciones tan profundas, la lengua enmudece, los ojos se asombran, ese organismo que se llama cuerpo humano tiembla.
Yaye fijaba una mirada fascinada en el retrato y estaba pálido como un cadáver.
—Esa era tu madre dijo tristemente Juzuf.
—¡Mi madre! contestó maquinalmente el jóven; mi madre!
Pero dominando la reflexion á la razon se encerró en una prudente reserva.
—Te asombra sin duda, dijo Yuzuf, interpretando mal la confusion de Yaye, ver á tu madre con esas ropas castellanas; con ese tocado castellano, con esa cruz de oro pendiente del cuello. ¡Ah hijo mio! ya te he dicho que tu madre era cristiana: yo, moro de raza, enemigo á muerte del nombre cristiano, no debí haber sucumbido á los amores de una infiel. ¿Pero hay algun hombre que pueda hacerse superior á ese precepto de Dios que dice: hallarás á tu compañera y la amarás?