—Si por cierto, y á no ser vos tan mi amigo, no os hubiera dado por nada del mundo ese justillo.

Esta confidencia del marquesito, fue un rayo de luz que empezó á esclarecer las dudas de Aben-Aboo: entonces comprendió por qué doña Inés le habia hecho preguntas, basta cierto punto extrañas é inconvenientes, acerca de la procedencia del brocado que vestia.

—Ahora os agradezco doblemente vuestro sacrificio, dijo Aben-Aboo, pero continuad.

—Para obligarme á admitir aquel regalo venia dentro de la caja un billete que contenia las siguientes palabras:

«Podeis aceptar sin reparo lo que os envio, porque teneis mi alma.»

—Era, pues, el regalo, de una dama enamorada de vos.

—¿Y quién podía ser esa dama mas que la mujer á quien adoro? ¿Cómo pudo conmoverme la vista de dona Inés encubierta sino era el amor que busco?

Don Juan inclinó la cabeza sobre el pecho como para ocultar su conmocion.

—Pero vos habeis visto á esa doña Inés, exclamó de repente el marqués levantando la cabeza y fijando una mirada entumecida en Aben-Aboo; vos me direis si es hermosa ó fea, porque si es fea, no es ella, y me interesa saberlo, porque mirad: hoy que se cumplen quince dias desde que no he visto á mi encubierta, he recibido esta brevísima carta.

Y el marqués sacó de su escarcela un papel que entregó á Aben-Aboo.