—¿Habeis olvidado señora que ese hombre desprecia vuestros dones vendiéndolos?

—Creia hacer un servicio á un amigo.

—¿Es decir que creeis bueno y noble todo lo que proviene del marqués de la Guardia?...

—Es mí esposo, y debo respetarle... es mas, creo que solo peca de imprudente, de enamorado.

—¿Que es vuestro esposo, exclamó asombrado Aben-Aboo?

—Tomad ese pergamino y comprended por qué os llamo infante, por qué llamo mi esposo al marqués de la Guardia.

Y entregó á Aben Aboo el pergamino enrollado que estaba sobre la mesa, y que no era otra cosa que una copia de las capitulaciones concertadas entre el emir de los Monfíes y Aben-Humeya.

—¡Teneis una hija! exclamó ferozmente Aben-Aboo despues de haber leido el pergamino; ¡Aben-Humeya tiene un hijo!...

—¡Oh! nunca hubiera creido, dijo con profundo desden Amina, que la ambicion hiciese á los hombres tan miserables. Pero ved lo que haceis, Aben-Aboo, ved lo que haceis, porque os advierto que vuestra primera traicion será la señal de vuestro castigo.

—¿Para qué me habeis llamado aquí, señora?