El anciano, fatigado por el violento esfuerzo que habia hecho para dejarse oir de la multitud, se detuvo un momento; los que ocupaban la plaza tenian fijos en él sus ojos, y el silencio, mas profundo aun que al principio, continuaba: el jóven morisco que poco antes habia incitado al pueblo á la insurreccion desde la ventana, se veia tras el anciano, de pié con los brazos cruzados y el semblante sombrío.

—¡Acordaos! continuó el anciano faquí: ¡acordaos los que ya teneis canas, cuando en el año 99, el alguacil Velasco de Barrionuevo, osó entrar en la casa de un elche[2] y sacar á su hija doncella para llevarla á bautizar á la fuerza! ¡acordaos de que, á los gritos de aquella desdichada, irritados nuestros hermanos salieron á la plaza de Bib-al-bolut, salvaron la doncella y mataron al alguacil! el Albaicin se levantó, la adarga que don Iñigo Lopez de Mendoza nos enviaba en señal de paz fue apedreada; el arzobispo de Toledo que habia venido á convertirnos, cercado en su casa: durante tres dias defendimos las calles que suben de la ciudad, como desesperados ¿y qué sucedió? solos, sin mas amparo que nuestro valor, combatidos por todas partes, fuimos vencidos, nos vimos obligados á besar de nuevo los piés del vencedor y á pedirle gracia: sin embargo, mas de quinientas familias fueron castigadas: vimos los pequeñuelos arrancados del pecho de sus madres; el padre anciano separado del hijo robusto; las doncellas, con los rostros descubiertos y los cabellos tendidos, entre la brutal soldadesca; los que habian matado al infame alguacil ahorcados; otros llevados al interior de las Castillas, vendidos como esclavos; los demás aterrados, gimiendo nuestro dolor y nuestra vergüenza bajo el altivo perdon de los castellanos. ¿Y quereis que hoy volvamos á probar tales afrentas? ¿quereis que hoy tambien seamos vencidos, despedazados, y que nuestros pequeñuelos y nuestras doncellas nos sean arrebatadas por el vencedor?

—Es que ese edicto no los arrebata, santo faquí, exclamó Farax-aben-Farax.

—Ese edicto no se cumplirá, dijo Abd-el-Gewar; no se cumplirá, porque aun tenemos oro con que saciar la codicia de los ministros del rey: mientras tengamos oro, ahorremos sangre: cuando seamos pobres, cuando todo nos lo hayan robado, entonces, hijos mios, yo, delante de vosotros, iré á hacerme matar por los castellanos.

Un murmullo de amor interrumpió al faquí.

—Ahora, hijos mios, á vuestras casas: mostraos en ellas como si nada hubiera acontecido: esta noche á la oracion de Alajá[3] los xeques[4] del Albaicin, casa del Habaquí, en San Cristóval.

El anciano hizo con su toca un ademan de imperio y se quitó de la ventana.

—¡Oro! ¡siempre oro! dijo el jóven que le acompañaba, siguiéndole. ¿Para cuando guardamos el hierro?

CAPITULO II.
De cómo un hombre puede amar por caridad á una mujer, y de cómo, á veces, puede parecer la caridad amor.

Ningun pueblo como el pueblo árabe, y como su descendiente el moro, ha llegado á la belleza de las formas, al refinamiento del gusto, á lo voluptuoso de los contrastes, en lo referente á la construccion de sus habitaciones.