—Yo no puedo contar con la buena fe de Aben-Humeya.
—Si Aben-Humeya te se muestra hostil, es porque desconfia de tí; ayúdale, inspírale confianza y Aben-Humeya se unirá á tí como á un hermano.
—Ya habeis dicho, que entre nosotros se han colocado dos mujeres.
—Si sigues mis consejos, solo habrá una, y esa es tal que no merece que dos buenos creyentes sean enemigos por ella.
—¿Y cuál de esas dos mujeres ha de ser la que ha de dejar de excitar nuestra rivalidad?
—La sultana Amina.
—¡Ah! exclamó Aben-Aboo, cuyo rostro se cubrió con la expresion de la mas profunda reserva; ¿y de qué modo podremos hacer para que la sultana Amina deje de ser un objeto de rivalidad entre Aben-Humeya y yo?
Sonrió sutilmente Aben-Jahuar.
—Ni tú ni Aben-Humeya amais á la sultana, dijo: quereis sin embargo casaros con ella, porque comprendeis que el que sea su esposo, tendrá en su favor al poderoso emir de los monfíes.
—Puede ser que piense así mi noble primo.