Poco despues entró un anciano con el cual salió Yuzuf por una puerta lateral.

En seguida entró por aquella misma puerta un morisco jóven, de aspecto brabío, pero hermoso y simpático, que se prosternó ante Yaye.

—¿Quien eres? le dijo, este.

—Poderoso Emir, contestó el jóven: vuestro magnánimo padre me envia á vos. Creo que es necesario que os disfraceis de hidalgo cristiano.

—Tienes razon. ¿Y hay aquí ropas?

—Sí señor. Con mucha frecuencia nos vemos precisados á parecer lo que no somos. Venid si os place conmigo, señor.

La cámara quedó desierta durante media hora: al cabo de ella entró de nuevo Yaye. Venia vestido con un sencillo pero rico trage de camino á la castellana. Al mismo tiempo entró por otra puerta en la cámara Yuzuf, que traia en la mano un pliego cerrado: en la nema de aquel pliego se leia:

«A nuestro muy querido sobrino don Diego de Córdoba y de Válor.»

—Toma, hijo mio, dijo Yuzuf á Yaye dándole el pliego: corre, vuela, llega á Granada, busca á don Diego de Córdoba, dale estas letras y cásate con Isabel, si aun es tiempo.

Y la voz del anciano temblaba, porque comprendia que aquel «si aun es tiempo» era una condicion de vida ó de muerte para el corazon de su hijo.