Es de advertir que este monfí hablaba perfectamente el castellano.

—Ha sido un milagro de Dios dijo el alférez, le han dado tres saetadas, y le han despeñado de allá arriba. Pero aun tiene vida, segun las muestras, para contarlo.

—¡Malditos monfíes! dijo el monfí disfrazado ¡y no saber dónde diablos se meten!

—Malditos amen, dijo el alférez. Por lo mismo, añadió dirigiéndose á Abd-el-Gewar, yo os aconsejaria, buen caballero, que dejaseis la jornada para el dia, si es que no os importa mucho, y que, aunque vais bien resguardado, os alojáseis en Cádiar, donde hay un buen presidio de soldados.

—Os agradezco el aviso, señor alférez, dijo Abd-el-Gewar, pero ya no puede tardar en amanecer. Adios y que él dé salud al herido.

—El os guarde hidalgos.

El alférez bajó hácia la rambla, y Yaye, Abd-el-Gewar y los suyos siguieron trepando por el desfiladero.

—Cerca andan de nosotros, dijo el monfí que habia hablado antes; por lo mismo mucho será que no tengan alguna mala aventura.

Apenas habia dicho el monfí estas palabras cuando se escucharon á lo lejos, en lo profundo de las breñas, arcabuzazos repetidos, y algunas balas y saetas perdidas, pasaron sobre sus cabezas.

—¡A la rambla del rio! exclamó Abd-el-Gewar revolviendo su caballo; vamos á ganar el camino por mas abajo de Cádiar. Al galope y silencio.