—¡Ah!
—Pasé la noche sufriendo lo que ningun hombre ha sufrido jamás, pegado á una pared medianera de los aposentos de Angiolina; pegado el oído á la pared, oyendo, percibiendo cuanto Angiolina en su enamorado delirio dijo y concedió á aquel hombre.
—¿Y no le matásteis al salir?
—No, porque tuve miedo.
—¡Miedo! ¿y de qué?
—Miedo de que me aborreciese Angiolina.
—¡Ah! repitió Cisneros.
—Vos no sabeis lo que es amar: si yo la hubiera amado menos, ella hubiera sido la que hubiera muerto: pero era su esclavo, y lo soy aun.
—Y entonces, ¿de quién quereis vengaros?
—¿De quién? de el hombre que ha tenido la culpa de que Angiolina ame al marqués.